Un problema común con cuentos hechos para adultos (cuando parecen hechos para niños) es que las metáforas son algo casi críptico. “El principito” escrito por Antoine de Saint Exupery fue uno de los libros que más me agradó cuando niño (lo leí a los ocho años). Sin embargo debo reconocer que no entendí el significado de la rosa, del zorro, del baobab y de muchas otras cosas. Lo mismo ha sucedido con “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll, y en la actualidad sucede con los contemporaneos “El viaje de Chihiro” y “El increíble castillo vagabundo”.
El motivo de esta entrada me viene luego de una conversación con un conocido quien se mofaba de la obra de Hayao Miyazake (Chihiro), porque como los niños, no entendió el significado (a veces profundo) de sus metáforas. Y es que es natural que un niño las pase desapercibidas, pero es raro que un adulto no las entienda. Y es que mi amigo era como un niño. No entendía muchas cosas (aunque conozco a niños mucho más inteligentes, observadores y perceptivos, vamos, no tiendo a prejuzgarlos por el hecho de que son infantes).
En la historia del arte es así. Literatura, Música, Pintura, Escultura, Danza, Cine, en todo. Hay lenguajes metafóricos, lenguajes con significados crípticos (que se miden por su nivel de abstracción, que en la imagen se vuelve iconicidad). De ahí que salte yo con este texto para decirle a mi amigo, desde aquí, que sé se reconocerá entre estas líneas que no se esfuerce.
No hay que esforzarse amigo mío, no hay mucho trecho entre el bisonte y la realidad virtual.